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¿Qué pasa en San Luis?

Quedó expresado -en los dos análisis previos- que en San Luis pasan muchas cosas. Algunas extremadamente graves.

Entre ellas, se puntualizaron las siguientes:
1º) A la provincia, la gobierna una “dinastía autoritaria” desde hace 37 años. Que, por un lado, hizo del Pueblo “un convidado de piedra” (que solo puede asentir). Y, por el otro, la “dinastía” se convirtió en una casta de “semidioses” (que cree que todo lo puede).
2º) Lo primero que facilitó tal situación, fue la reforma constitucional de 1987 que instauró la “reelección indefinida”, antes expresamente prohibida.
3º) Luego, transcurrido el tiempo, se acrecentó y sacralizó el empleo del “estado de excepción” como paradigma normal de gobierno. Así, los sanluiseños hemos vivido los últimos 20/30 años de emergencia en emergencia (económica, social, financiera, sanitaria, educativa, judicial, previsional, etc.), hasta llegar a la actual pandemia de “coronavirus”. “Estado de excepción” y “emergencias” permanentes.
4º) Este contexto, permitió poner y mantener -en las sucesivas leyes de presupuestos- una cláusula que autoriza al Poder Ejecutivo a “mover partidas” según sus exclusivos deseos o intereses, con una discrecionalidad y arbitrariedad inauditas.
5º) Tal reiteración (de presupuesto en presupuesto) fue posible por las constantes mayorías parlamentarias, provistas por el sistema dispuesto en la Constitución para la Cámara de Senadores (sin minorías), siendo la “guillotina” de la democracia.
A las que, es menester agregar:
6º) En el distrito San Luis, votan alrededor de 300.000 ciudadanos/as; número muy reducido que, con alguna “habilidad”, el gobierno puede manejar -de una manera u otra-, siempre que se posean los recursos suficientes. Esta artimaña ha comenzado a perderse.
7º) Además, concurre “la concentración” en el manejo de los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) y la mayor parte de las intendencias municipales.
8º) Esta “capacidad dominante”, adquiere un acatamiento y un temor que pueden más que cualquier otra lealtad (sea institucional, partidaria o personal).
Y, por último, es necesario establecer y destacar el fin de todo esto. Y, la conclusión -clarísima, inobjetable- es: “el continuismo” de la “dinastía autoritaria”.

Eduardo Gastón MONES RUIZ