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La historia del jugador número 12

A la hinchada de Boca se le dice el jugador número 12… porque su aliento se siente y parece un jugador más. Pero sabían de donde viene la historia? De un personaje real que le dio vida al mito, en la página de la entidad de la ribera aparece la historia de Toto Caffarena… quien realmente fue “el jugador número 12”, historia que transcribimos:

El jugador número 12 y su historia
La histórica gira europea de Boca Juniors en 1925 generó dos leyendas: la del club como potencia futbolística y la de un hincha cuyo rol era tan importante que hacía que el equipo tuviera un jugador más. El escribano Caffarena también fue “Presidente-dictador” de la República de la Boca
Quién lo diría: el nombre de la hinchada más popular y plebeya del mundo tiene su origen en una familia terrateniente de sólido bienestar económico. La pasión desbordante nació asociada a una de las profesiones más formales y pulcras: la de escribano. Y lo que hoy designa a un grupo de barrabravas violentos fue, en su génesis, un solo hombre, amable, bonachón y, sobre todo, divertido. Tanto, que hasta el día de su muerte ejerció como “Presidente-dictador” de la República de la Boca, firmando insólitos decretos, con el célebre pintor Benito Quinquela Martín en calidad de Gran Almirante de Tierra y Mar de su primer “gabinete de gobierno”. Sí, sí, señores –como reza el popular estribillo boquense–, el jugador número 12 existió y se llamaba Victoriano Caffarena, más conocido como “Toto”.
Los Caffarena provienen de Génova, Italia. Ya en los registros históricos de los primeros años patrios, aparece un capitán Caffarena que vivía en la zona del Riachuelo y era armador de la goleta “Independencia Argentina”. Pero el prócer barrial es Agustín Rafael Caffarena, argentino, escribano y maestro, impulsor de la educación pública. Una calle y una escuela de La Boca llevan su nombre (ver recuadro).
De su matrimonio con la uruguaya Isabel Díaz nacieron cuatro hijos: Clara Isabel, Agustín Benito, Isabel Herminia y Victoriano Agustín (9 de agosto de 1902), quien alcanzaría fama definitiva como “Toto” en 1925.
Nace el mito
En febrero de ese año, el joven Boca Juniors (el club tenía apenas dos décadas de existencia) emprendió la primera gira europea de un equipo de fútbol argentino. Una multitud los despidió en respuesta a la convocatoria del diario Crítica:
“Los aficionados están en el deber de despedir dignamente la primera embajada deportiva argentina que surcará el océano para hacer conocer en la vieja Europa la potencialidad de nuestro más popular deporte… Saludemos a los bravos footballers que llevan tan alta misión deportiva y patriótica al extranjero; no debe faltar uno solo de los que aman el deporte porque este saludo que se les brindará en la Dársena Sud será un recuerdo para que en los momentos de gran apremio en los campos deportivos europeos, hagan el último y grande esfuerzo en obsequio a estos aficionados, en cuyos corazones palpita el sentimiento argentino y que a través de la gran distancia vivirán con la incertidumbre del éxito de sus bravos y aguerridos representantes”.
Y allá fueron, hinchas de Boca, pero también de otros clubes, que incluso cedieron gratuitamente jugadores para reforzar la escuadra xeneize. Desde la cubierta del vapor Ciudad de Buenos Aires –con trasbordo al buque Formosa, en Montevideo–, junto al equipo en el que brillaban el legendario arquero Américo Tesorieri y el goleador Antonio Cerrotti, saludaba sombrero en mano “Toto” Caffarena, único y privilegiado hincha en la aventura. Como siempre, impecablemente vestido, traje y moñito.
Llevaba un carnet de enviado especial del periódico El Telégrafo. Pero lo cierto es que Caffarena era un fanático que venció la oposición familiar al viaje. Y consiguió de su padre, titular de una prestigiosa escribanía y dueño de varios campos bonaerenses, los recursos para financiar no sólo su pasaje, sino también muchos de los gastos que la gira demandó. El “Toto” hizo de todo: fue utilero, masajista, técnico y delegado. Se ponía los cortos y posaba en la foto como uno más.
Boca ganó 15 de los 19 partidos, con un empate y apenas tres derrotas, marcando 40 goles y venciendo a equipos de la talla del Real Madrid y el Bayern Munich. La prensa alemana los apodó “Los malabaristas del fútbol”. Fueron cinco meses inolvidables, incluyendo los 22 días que tardaba el barco en cada cruce del Atlántico. Al regreso, habían nacido dos leyendas: la de Boca como potencia futbolística y la del “Jugador número 12″. Así bautizaron los propios footballers a Caffarena en reconocimiento a su rol tan decisivo como influyente.
Una década después, el “Toto” todavía entraba con el equipo a las canchas visitantes con su carnet de “masagista” (sic). De local, tenía platea fija. Seguía ocupándose de los mínimos detalles, incluso si los jugadores comían y dormían bien.
Ya era un hombre casado (con Antonieta Calabrese, de otra próspera familia dedicada al negocio de venta de arena que traía desde Uruguay). Y tenía, él también, título de escribano. A la muerte de su padre, en 1933, heredó el registro notarial 368, con sede en 25 de Mayo 252. Quienes lo frecuentaban aseguran que en apasionadas discusiones con fanáticos de otras camisetas, perdió más de un cliente. Rechazó ofertas para hacer carrera política en el club. Era un hincha puro, al estilo del que Enrique Santos Discépolo personificó en el cine.
Si Boca tiene un himno, también se lo debe a Caffarena, quien recomendó a Italo Goyeneche como compositor. La marcha fue oída, por primera vez, en la casa del Toto y ejecutada al piano por una de sus hermanas. Luego, el escritor Jesús Fernández Blanco le puso versos: “Boca Juniors, Boca Juniors / gran campeón del balompié / que despierta en nuestro pecho / entusiasmo, amor y fe / Tu bandera azul y oro / en Europa tremoló / como enseña vendedora / donde quiera que luchó”.
En 1953 entró en la categoría de “socio vitalicio” y en los ’60 el presidente Alberto J. Armando le entregó, en el centro de la cancha, minutos antes de un partido, la plaqueta que lo reconoció oficialmente como “Jugador número 12″. La Bombonera estaba repleta y la ovación que lo envolvió desde las tribunas le hubiera permitido parafrasear a Juan Perón con aquello de “llevo en mis oídos la más maravillosa música”. Aunque Caffarena, vale aclararlo, tenía corazón radical.
El presidente dictador
Caffarena retribuyó a Alberto J. Armando nombrándolo, en 1965, “Gran Hechicero de la República de la Boca”, mediante el “decreto ley 2.215.368″, según publicó con absoluta seriedad el diario comunitario Giornale d’Italia en su portada. El “Toto” ejercía desde 1960 como “Presidente-dictador” de esa agrupación que en sus orígenes –casi un siglo antes– estuvo ligada al afán de autonomía del barrio de La Boca (dependía, administrativamente, de San Telmo), luego al activismo obrero y que, con los años, había derivado hacia el humor sin dejar de ser una exaltación de orgullo barrial, ni promover declaraciones, fiestas e imponentes desfiles sociales.
Sus autoridades se reunían –con trajes especiales– en la misma sede que tiene hoy la célebre pizzería Banchero, cuyo fundador, Juan Banchero, ejercía el cargo de “Emperador de la Fugazza”. Entre otros, aportaban Juan de Dios Filiberto (autor del tango “Caminito”) y Quinquela Martín, quien luego optó por su propia cofradía a la que llamó “La Orden del Tornillo”.
Así como evitaban divisiones por debates “políticos o religiosos, bajo pena de inmediata expulsión”, tendían la mano al enemigo: por ejemplo, aquel decreto-ley también designó “Gran maestre de la Vertiente del Riachuelo” a Antonio Vespucio Liberti, presidente de River cuyo nombre lleva actualmente el Estadio Monumental.
Victoriano Agustín Caffarena murió en 1972, consciente de que su leyenda había saltado de lo individual a lo colectivo. Desde la columna “El negro de la Tribuna”, que publicaba en Crítica el poeta tucumano Pablo Rojas Paz, transfirió al conjunto de la hinchada el mote de “Jugador Número 12″, por su aliento, fervor, pasión y amor incondicional al azul y oro. Exactamente eso que distinguió al “Toto”.