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La revolución de la inteligencia artificial

Jorge Fantin

Ya existe un genérico para el término “inteligencia artificial”. En él, uno podría imaginarse situaciones en las que una máquina tome decisiones autónomas y no necesariamente favorables. Ese ha sido el tema de varias películas de ciencia ficción y es un futuro posible. ¿Quién no recuerda a la computadora HAL de “2001 Una odisea Espacial” asesinando a la mayor parte de la tripulación de la Discovery? ¿O a la maléfica Skynet tomando control del planeta en la película “Terminator”? Para ir un poco más allá, actualmente la inteligencia artificial representa una gran amenaza para el nivel de empleo.

Durante la primera revolución industrial, se introdujeron artefactos que permitieron la automatización de procesos productivos. Así, con la consiguiente fabricación en serie se crearon nuevos mercados y millones de empleos. Pero estos aparatos nunca pusieron en riesgo a los seres humanos: ahora se nos propone el uso de nuevas tecnologías para aportar cierto nivel de inteligencia a las tareas empresariales. Ya no hablamos de automatización simple, sino de máquinas capaces de tomar decisiones en contextos complejos. Así llegamos a un punto de no retorno.

Pero hay otro tema donde deberíamos poner atención: la nueva revolución industrial podría llegar a destruir mercados en forma masiva.

Supongamos que una cadena de comidas rápidas sustituye a sus empleados por máquinas capaces de tomar pedidos, procesar pagos y elaborar sus alimentos. Imaginemos también que la universidad decide reemplazar a sus profesores por computadoras capaces de proporcionar capacitación personalizada para decenas de miles de alumnos. O que en el banco de la esquina las solicitudes de crédito son analizadas por un sistema inteligente y automatizado, y ya no hay que reponer dinero físico en los cajeros automáticos porque este ha desaparecido de la faz de la tierra. Cada empresario estará muy contento con los ahorros y los aumentos en productividad que puede haber conseguido, excepto que hay un gran problema: se ha quedado sin clientes.

Resulta que el ex cajero de banco ya no lleva a sus hijos a comer hamburguesas, el ex empleado de la hamburguesería ya no puede pagar la cuota de la universidad y el exprofesor universitario ya no tiene cuenta en el banco porque se ha quedado sin alumnos que quieran escucharlo. La tasa de evolución tecnológica, que tiene características exponenciales, es muy diferente a la curva de adaptación de los seres humanos. Apenas se produzca el despegue en la tecnología, la brecha aumentará y ya no se podrá cerrar.

Los primeros empleos que se perderán serán aquellos en los que el aporte de inteligencia humana sea limitado, como las tareas que consideramos rutinarias. Quizás el límite lo encontremos en aquellos trabajos donde las emociones y la empatía sean imprescindibles, como por ejemplo artistas, coaches, investigadores, creativos y diseñadores. El resto probablemente enfrentará la posibilidad de que todo o parte de lo que hace sea sustituido.

Frente a esta situación uno podría preguntarse: ¿para qué quiero que una máquina prepare un capuccino cuando puedo pedirle a un ser humano que lo haga? ¿Y por qué habría de querer que una máquina le enseñe matemáticas a mi hijo cuando una maestra podría hacerlo? Si la respuesta es “porque puedo preparar más y mejores capuccinos por unidad de tiempo” o “porque puedo enseñarle a más chicos con una sola máquina”, tengamos cuidado, porque puede ser que llegado el caso no tengamos ni clientes haciendo fila para tomarse un café, ni chicos con necesidades de aprender matemáticas.

Nota de Jorge Fantín, director de la Maestría en Administración y Aplicaciones Tecnológicas en la Empresa de la Universidad Siglo 21.