Las "Vides prohibidas", un documental imperdible este miércoles en La Enoteca de Mendoza

La película “Vitis Prohibita”, que se exhibe este miércoles 17 de marzo a las 20, en La Enoteca, trae uno de los debates instalados en el mundo del vino y presente también en la vitivinicultura argentina: la puesta en valor de las variedades criollas, la singularidad de los vinos únicos que pueden elaborarse a partir de ellas.

Estas uvas criollas, su consideración como reserva de diversidad genérica y su aporte para afrontar el cambio climático, dadas sus características de adaptación y resistencia a enfermedades. Más que una película, “Vitis Prohibita” es una declaración de principios sobre la identidad y la libertad en el mundo vitícola.

uvas criollasEl mundo del vino está enfocando gran parte de sus recursos y capacidades para encontrar los mejores caminos hacia la sustentabilidad. Cómo sostener una vitivinicultura respetuosa del ambiente y con beneficios sociales y económicos para todas las personas implicadas es sin duda uno de los principales desafíos al que se suma la necesidad de continuar profundizando procesos que aporten singularidad e identidad a los vinos de cada región. En este escenario, la puesta en valor de los cepajes criollos atiende a estas necesidades: ofrece a los consumidores un abanico de “nuevas” variedades, uvas menos conocidas dueñas de características únicas: rara avis que invitan a la curiosidad. Pero no sólo eso: se trata, en muchos casos, de variedades que naturalmente se han adaptado al cambio climático y que permiten desarrollar un cultivo menos dependiente de los agroquímicos.
 
Recuperar el valor del patrimonio vitícola
Desde el INTA hace varios años que se trabaja en la recuperación y puesta en valor de las variedades criollas. “Hay equipos de la Estación Experimental Mendoza, del programa Cambio Rural y de la Agencia de Extensión Rural de Calingasta (San Juan). Trabajamos en la identificación y descripción de las uvas; los equipos de extensión se vinculan con los productores, en la Bodega Experimental se elaboran estas variedades y en el área de laboratorios se hace todo el seguimiento e identificaciones moleculares. A su vez, articulamos con otros equipos de investigación de otros países porque este trabajo consiste básicamente en identificar variedades criollas, es decir de cruzamientos espontáneos que se dieron en América Latina a partir de las cepas que trajeron los colonizadores y que luego los productores locales han multiplicado, difundido y conservado. Luego, analizamos sus cualidades agronómicas y enológicas para ponerlas en valor”, explica el ingeniero Simón Tornello, de la Agencia de Extensión Rural de Calingasta, en San Juan.
 
Uvas únicas, vinos singulares
Tornello precisa que generalmente estas variedades autóctonas y patrimoniales tienen un anclaje territorial muy fuerte porque se dan en lugares que, en su mayoría, están más aislados y no participaron de los procesos de reconversión que tuvo la viticultura en las regiones centrales y están vinculadas con comunidades rurales que conservan estos cepajes. “Poder identificar estas variedades criollas, conocerlas más, nos permite acompañar a los productores que las elaboran para encontrar alternativas de vinificación y atender a este potencial. Es que son variedades únicas, de las que a veces hay muy pocas plantas, y que permiten obtener productos con el valor intangible de la autenticidad y la singularidad que no  existen en ningún otro lugar en el mundo”, resalta el ingeniero y suma un dato fundamental: “tener esta diversidad genética vitícola nos da más herramientas ante problemas que puede generar el cambio climático o ante la aparición de nuevas plagas de enfermedades”.  Es este punto lo que hace del estudio sobre variedades criollas un eje estratégico para pensar la vitivinicultura del futuro.
 

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