Fósiles cuentan cómo crecían las tortugas patagónicas
Hace millones de años, distintas especies de tortugas habitaban los ambientes acuáticos de la Patagonia. Ahora, un equipo de investigadores del CONICET logró descubrir parte de su historia al estudiar en detalle los caparazones fósiles de cuatro especies del género Prochelidella. El análisis reveló diferencias internas que no pueden observarse a simple vista y aportó nuevas pistas sobre su crecimiento y evolución.
El trabajo fue realizado sobre restos correspondientes al Cretácico, período que se extendió entre 145 y 66 millones de años atrás. En aquella época, la Patagonia tenía ríos, lagos, llanuras de inundación y ambientes volcánicos, donde convivían dinosaurios, cocodrilos, lagartos, serpientes, mamíferos primitivos, pterosaurios y distintas especies de tortugas. “Las tortugas del suborden Pleurodira son exclusivas del hemisferio sur y son todas de agua dulce”, explicó Marcos Jannello, investigador del CONICET en el Instituto de Evolución, Ecología Histórica y Ambiente (IDEVEA, CONICET-UTN).
Lo que revela el interior del hueso
Los científicos analizaron mediante paleohistología, una técnica que permite estudiar los tejidos biológicos, muestras de las placas costales del caparazón de Prochelidella portezuelae, Prochelidella cerrobarcinae, Prochelidella palomoi y Prochelidella buitreraensis. El objetivo fue observar cómo estaban organizados los tejidos óseos y encontrar señales relacionadas con el crecimiento de estos animales.
Aunque las cuatro especies compartían una estructura general similar, aparecieron diferencias importantes. Los investigadores observaron variaciones en la compactación del hueso, la organización y vascularización de las capas externas e internas, el desarrollo del tejido esponjoso y la cantidad de líneas de crecimiento detenido, conocidas como LAGs. Estas marcas son especialmente valiosas porque permiten obtener información sobre los ritmos de crecimiento a lo largo de la vida del animal.
Según Jannello, la paleohistología permitió encontrar diferencias internas que no eran evidentes al observar solamente la forma externa del caparazón. El hueso, en este caso, funciona como una especie de registro biológico capaz de conservar información sobre la historia de vida de una especie que desapareció hace millones de años.
Hasta 13 marcas de crecimiento
Uno de los resultados más llamativos apareció al comparar la cantidad de LAGs entre las distintas especies. P. cerrobarcinae presentó hasta 13 de estas líneas, mientras que P. buitreraensis y P. portezuelae llegaron a ocho. P. palomoi, en tanto, mostró alrededor de cinco.
También se detectaron diferencias en la estructura interna. P. portezuelae presentó un caparazón particularmente compacto, mientras que P. buitreraensis mostró sectores con un mayor desarrollo de hueso esponjoso. Para los investigadores, estas características indican que las especies no necesariamente tuvieron los mismos ritmos de crecimiento ni estuvieron sometidas a idénticas condiciones ambientales o funcionales.
Una ventana a la evolución
El equipo comparó además los resultados con otras tortugas relacionadas, entre ellas Mendozachelys wichmanni, Rionegrochelys caldieroi y Linderochelys rinconensis. La comparación permitió distinguir qué características eran propias de Prochelidella y cuáles podían formar parte de patrones más generales dentro de las tortugas de cuello lateral.
El estudio abre nuevas preguntas sobre la evolución de estos animales. “No estudiamos solamente cómo era el hueso, sino qué nos puede contar ese hueso sobre la evolución, el crecimiento y la historia de vida de estas tortugas”, señaló Jannello.
Así, fragmentos de caparazones que permanecieron enterrados durante millones de años se convierten en una herramienta para reconstruir el pasado. Cada capa, cada tejido y cada línea de crecimiento aporta una pequeña pieza de información para comprender cómo eran los ecosistemas patagónicos y cómo se adaptaron las tortugas que los habitaron.